sábado, febrero 14, 2026

La versión del que se calla

Podría empezar diciendo que llevé una torta, pero eso no importa, nunca importó, y tal vez lo supe desde antes de comprarla, desde que la elegí en aquella vitrina polvorienta con la resignación precisa de quien cumple un rito que ya nadie le ha pedido. La torta estaba ahí, en su cajita de cartón, en un rincón de la cocina, y la niña no la miró ni habría de mirarla, y yo me quedé viéndola a ella —a la niña, no a la torta, aunque a esa altura del desastre daba lo mismo— tratando de recordar en qué momento exacto había dejado de ser su padre para convertirme en eso otro, en esa cosa molesta que llega de vez en cuando con paquetes y con una sonrisa que ya no engaña a nadie.

Sabía que la madre habría insistido. Podía verlo sin necesidad de haberlo presenciado, como se ven las cosas que ocurren siempre de la misma manera: la mujer diciéndole andá, que tu padre llegó, que trajo cosas, que es tu cumpleaños, y la niña levantándose del sillón o de la cama con esa lentitud de los cuerpos que obedecen sin consentir, con el desgano espeso y definitivo de quien se somete a lo inevitable. Trece años. Hacía falta tener trece años y un padre ausente para perfeccionar así el desprecio.

Yo siempre había decidido sobrellevarlo todo, o mejor dicho, había decidido no decidir nada, que es la forma más cobarde y más común de la resistencia: desestimar los quiebres, fingir que las actitudes esquivas eran apenas caprichos de la edad, archivar los silencios como si fueran papeles sin importancia que uno guarda en un cajón sabiendo que algún día van a incendiarse solos. Pero esta vez no pude, o no quise, que viene a ser lo mismo cuando uno ya está cansado de mentirse.

Habíamos entrado a la cocina, ella y yo, y yo debía repartir las cosas que había traído —útiles escolares, ropa de regalo para todas las niñas, y entre todo aquello, ropa también para ella—, y ella fue recibiéndolo con un desgano que no se tomaba el trabajo de disimularse, con comentarios de desagrado que iban cayendo sobre la mesa como objetos que se dejan caer a propósito para que el otro registre la violencia contenida en el gesto. Entiendo, o creo entender, o me obligo a entender, que a los trece años la ropa que elige un padre es siempre la ropa equivocada. Pero yo no esperaba eso —no de cosas que habían significado dinero, sí, pero también el afán ridículo de buscar, de elegir, de imaginar su cara al verlas—, cariño puesto en unas malditas prendas que ahora yacían sobre la mesa como pruebas de un delito que yo no terminaba de comprender.

Entonces le pregunté. Si le molestaba que hubiera traído todo eso. Que la torta seguía ahí, en su rincón, intacta, esperando algo que no iba a ocurrir. Que si todo aquello —mi presencia, las cosas, el viaje, el gesto entero de haber venido— le resultaba una molestia.

No respondió. O respondió de la única manera en que los hijos responden cuando ya han dictado sentencia: se quedó mirando un punto fijo en algún lugar del aire, ese territorio al que se fugan cuando la presencia del padre se ha vuelto insoportable o, peor todavía, insignificante. Y la madre estaba ahí, en un silencio que lo llenaba todo como un líquido oscuro, y ninguno de los tres sabía qué hacer con ese silencio ni con nosotros mismos dentro de él.

Ya no pude. Con la voz hecha pedazos le dije que me disculpara si la había obligado a venir, que lo mejor sería que se fueran, que yo tenía que salir a recoger unas encomiendas. Lo que tenía, en realidad, era que irme. Sentía que estaba al borde de algo —un precipicio, un derrumbe, una de esas escenas que después uno recuerda con vergüenza y con piedad— y no podía permitirme caer frente a ellas, no ahí, no así.

Volví porque debía preguntarle a la madre dónde dejar las cosas. Siempre hay un pretexto práctico para volver al lugar de la derrota. Y entonces ella —la madre, esa mujer que lleva años mediando entre dos mundos que no logran tocarse y que probablemente ya no quieren— quiso obligarnos a abrazarnos. Nos forzó a mirarnos, y lo que vimos, o lo que yo vi, fue la confirmación de algo que ya sabía pero que necesitaba constatar con los ojos abiertos: que entre los dos se había instalado una distancia que ya no era distancia sino otra cosa, algo sólido y definitivo, como una pared que alguien levantó de noche mientras yo dormía o mientras yo no estaba, que viene a ser lo mismo. Le dijo a la niña que me dijera algo. Decile algo a tu padre. Y yo quise decirle que no le dijera nada que no quisiera decirme, pero me callé, porque callarme era lo único que me quedaba, y esperé lo que sabía que no iba a llegar: una mirada, una sonrisa, un gesto cualquiera que pudiera leer como estima o como afecto o al menos como la ausencia de hostilidad. Cualquier cosa que no fuese ese vacío enorme y prolijo que ella había aprendido a construir con la destreza silenciosa de los trece años.

Salí. Le dije a la madre que preparara algo, que iba a volver. Bajé a ese cuartito precario donde duermo cuando las visito —un lugar que no es casa ni refugio ni nada, apenas un paréntesis entre sus vidas y la mía, un sitio donde cabe una cama y un hombre derrotado y poco más— y lloré. Busqué el celular queriendo distraerme y antes de encenderlo me vi en la pantalla negra: la cara de un tipo desdichado, dependiente, pobre de amor, de esos que se aferran a lo que ya no existe con la obstinación estúpida de quien no acepta que el barco se hundió hace rato y que él sigue nadando en círculos sobre el lugar exacto del naufragio.

Y mientras escribo esto me siento como aquel que debe renunciar al amor de una mujer que siempre quiso a pesar de todo —porque los hijos, las hijas, son también eso: el amor más parecido al amor imposible—, sabiendo que no hay vuelta atrás y que ya no será lo mismo y que no podré ya ser el mismo con ella, y que el hombre que era antes de esta noche se quedó abajo, en ese cuartito, llorando todavía.

Me gustan los libros, y a veces la red pone delante cosas que uno no buscó, como si alguien hubiera estado escuchando. Hoy, mientras viajaba al pueblo donde ellas viven —y ya eso, decir el pueblo donde ellas viven, tiene la cadencia precisa de la exclusión—, estuve escuchando una entrevista de Jaime Bayly sobre su relación con su padre. Me dio curiosidad aquel poder suyo para articular palabras, esa capacidad de deshacer y enaltecer a su amigo Alan en cuestión de segundos, con una elocuencia que parecía literatura oral, una demolición elegante. Busqué sus influencias y todas llevaban al mismo nombre: Vargas Llosa. Y en uno de sus monólogos tardíos, Vargas Llosa hablaba precisamente de su padre: episodios tristes que marcaron su vida, su destino, su escritura. Decía que simplemente no fue el padre que habría querido, y que seguramente su padre pensaba lo mismo de él como hijo. Y que aquello era, en el fondo, la fuente de toda su literatura. El demonio. El origen de las historias.

Todo eso fue como una premonición, o como una broma del destino, que tiene un sentido del humor siniestro. Precisamente en el día de cumpleaños de mi primogénita, como si el algoritmo —ese dios menor de nuestra época— supiera lo que me esperaba. Y ya era predecible, con esa crueldad simétrica que tienen las coincidencias cuando dejan de ser coincidencias, que la pantalla me mostrara después, en el momento exacto de mi huida, mientras intentaba recomponerme en ese cuartito y no llorar más porque debía subir otra vez, un video de Onetti diciendo que engendrar un hijo es un acto de homicidio retardado.

Pero le faltó agregar —y quizá no lo dijo porque era demasiado obvio, o porque Onetti prefería siempre la elegancia del silencio a la torpeza de la explicación— que también es un acto retardado de condena. Contra uno mismo. Contra el que engendra.

Intenté pensar en otras cosas. Cuando subí, juro que no pude conmigo, y no sé por qué juro si nadie me ha pedido juramento alguno y si a nadie le importa. Llamé a la madre, le dije que me sentía demasiado mal como para cantar un cumpleaños, que lo mejor sería que se fueran. Ella me dijo que habían hablado. Que Zoe no quería estar conmigo porque yo le ordenaba cosas. Que no la quería. Que era una adolescente. Que debía acercarme más.

No voy a justificarme. De nada sirve, y además la justificación es el ejercicio más inútil del hombre derrotado, porque presupone un tribunal que escucha y un veredicto posible, y aquí no hay ni lo uno ni lo otro. Son percepciones, versiones enfrentadas, y nadie tiene la razón porque en las guerras domésticas la razón es siempre la primera baja, la primera en desertar. Quedamos en sobrellevarlo. Repartimos la torta —aquella torta que nadie había pedido y que ahora cortábamos con la solemnidad falsa de las ceremonias vacías—. Conversamos un poco entre todos con esa cordialidad de armisticio que practican las familias rotas cuando fingen que algo funciona. Al verlas bostezar les dije que fueran a descansar. Venían de la piscina. Estaban exhaustas. Exhaustas de la piscina, quiero decir, no de mí, aunque tal vez también de mí, y eso era lo peor: que mi presencia produjera en ellas el mismo efecto que una tarde larga bajo el sol, algo que simplemente cansa.

Entonces vine a escribir esto. No sé bien para qué. Para voltear lo que tengo adentro, para justificarme, para reconocer el estado de la cuestión, para purgar la decepción, o tal vez solo porque escribir es lo último que le queda a un hombre cuando ya ha perdido todo lo demás: el derecho a la queja, a la versión propia, a la dignidad mínima de ser escuchado.

Y creo que estoy siendo injusto. Querer igualarme ante una niña de trece años. Ante una criatura que ha vivido mi alejamiento como la única verdad disponible, como el paisaje de fondo de su infancia. Me lo merezco, probablemente. Pero pienso que yo también tengo una versión, y que uno no sabe que mientras cree hacer algo bueno —incluida la renuncia a vivir en una relación que ya estaba muerta— puede estar convirtiéndose, simultáneamente y sin saberlo, en el villano de la historia de otro. Y en eso me he convertido.

En el padre que no tiene voz. En el que escribe cosas que no dirá a nadie, porque así debe ser, porque así han sido siempre los padres de los escritores parricidas: mudos, imperdonados, muertos de a poco, algunos incluso aliviados de morirse para que los hijos puedan al fin escribir en paz.

Termino con Wilde, claro. Siempre hay que terminar con alguien que lo dijo antes y mejor: «Los niños empiezan amando a sus padres; después los juzgan, y rara vez, si acaso, los perdonan». La misma frase que Bayly puso como epígrafe de su novela. Y que ahora parece ser también el epígrafe de lo que me espera con Zoe.

Solo aspiro a que la novela no sea tan cruel. Y voy a procurar que mi pecado sea únicamente el de la ausencia. Porque hay pecados peores, y la ausencia, al menos, tiene la decencia de no dejar marcas visibles.

Torta de cumpleaños

Hoy llevé una torta para mi hija y ella ni siquiera la miró.

Sabía que yo había llegado —que había viajado hasta el pueblo donde viven, como siempre, para ella, para su cumpleaños—, pero al parecer estaba cansada, y sé que su madre habrá insistido, como se insiste con los deberes que no se quieren cumplir: anda, que tu padre ha llegado, que ha traído cosas, que es tu cumpleaños. Y ella habrá cedido con ese desgano espeso de quien se somete a lo inevitable.

Yo siempre había decidido sobrellevarlo todo. Desestimar los quiebres, las actitudes esquivas, los silencios donde antes cabían palabras, las faltas de respuesta que uno aprende a leer como pequeñas condenas. Pero esta vez no pude.

Habíamos entrado a la cocina y yo debía repartir lo que traía: útiles escolares, ropa de regalo para todas las niñas, y entre todo aquello, ropa también para ella. Lo recibió con desgano. Con comentarios de desagrado que caían como piedras sobre una mesa que yo había querido tender con algo parecido al cariño. Entiendo que quizá la ropa no le gustara, que a los trece años el mundo entero es una ofensa mal diseñada. Pero yo no esperaba esas respuestas —no de cosas que significaban dinero, sí, pero también el afán de buscar, de elegir, de imaginar su rostro al verlas—. Cariño puesto, finalmente, en unas malditas prendas.

Fue entonces que le pregunté. Si le había molestado que trajera todo eso. Que la torta seguía en un rincón, intacta en su cajita de cartón, como un animal abandonado. Que si todo aquello le resultaba una molestia.

No respondió. Se quedó mirando fijo algún punto del aire, ese lugar al que huyen los hijos cuando no quieren vernos. Y su madre allí, en un silencio arrasador, cómplice involuntaria de algo que no tenía remedio.

Ya no pude. Con la voz entrecortada le dije que me disculpara si la había hecho venir, que yo iba a salir un momento a recoger unas encomiendas que había enviado aparte. Solo necesitaba irme. Sentía que me acercaba al precipicio y que un paso más iba a desplomarme frente a ellas, y eso no podía permitirlo.

Volví porque debía preguntarle a su madre dónde dejar las cosas. Y entonces ella —la madre, esa mediadora perpetua entre dos mundos que no logran tocarse— quiso obligarnos a abrazarnos. Nos forzó a mirarnos, a constatar que entre los dos se había cavado una distancia enorme, un abismo que ya no olía a abandono sino a algo peor: a costumbre. Le dijo a Zoe que me dijera algo. Y yo no pude decirle que no le dijera nada que no quisiera, pero me callé. Esperé lo que sabía que no iba a llegar: una mirada entusiasta, una sonrisa, un gesto mínimo de estima. Algo. Lo que fuera. Cualquier cosa que no fuese ese vacío.

Salí. Le dije a su madre que preparara algo, que iba a volver en un rato. Bajé a mi cuartito precario —ese lugar donde llego cuando las visito, que no es casa ni refugio sino apenas un paréntesis entre sus vidas y la mía— y lloré. Busqué el celular para distraerme y me vi reflejado en la pantalla negra antes de encenderlo: desdichado, dependiente, pobre de amor. Y mientras escribo esto me siento como aquel que tiene que renunciar al amor de una mujer que siempre ha querido a pesar de todo, sabiendo que no hay vuelta atrás, que ya no será lo mismo y que no podré ya ser el mismo con ella.

Me gustan los libros y a veces las cosas aparecen en internet como si alguien hubiera estado escuchando. Hoy fue distinto, fue algo más: mientras viajaba al pueblo donde ellas viven, estuve escuchando una entrevista de Jaime Bayly sobre su relación con su padre. Me dio curiosidad por ese poder suyo para articular palabras tan elocuentes —capaz de deshacer y enaltecer a su amigo Alan en segundos, con una cadencia que parece literatura hablada—. Busqué sus influencias y todas convergían en un mismo nombre: Mario Vargas Llosa. Y uno de sus monólogos de última época hablaba precisamente de la relación con su padre. Tristes episodios que marcaron su vida, su destino, su personalidad. Decía que simplemente no fue el padre que él habría querido, y que seguramente su padre pensaba lo mismo de él como hijo. Y que aquello era, en realidad, la fuente de toda su literatura: el demonio del que nacen las historias.

Todo aquello fue como una premonición. Precisamente en el día de cumpleaños de mi primogénita, como si el algoritmo supiera ya lo que me deparaba esta noche. Y era predecible —con esa crueldad simétrica que tienen las coincidencias— que la red me mostrara, en el momento exacto de mi huida, mientras intentaba recomponerme y no llorar más porque debía volver donde ellas, un video de Onetti donde decía que engendrar un hijo es un acto de homicidio retardado.

Pero le faltó decir que también es un acto retardado de condena. Contra uno mismo.

Intenté pensar en otras cosas. Cuando subí, juro que no pude conmigo. Llamé a su madre a conversar en privado y le dije que me sentía demasiado mal como para cantar un cumpleaños, que lo mejor sería que se fueran. Ella me dijo que habían hablado, que Zoe en realidad no quería estar conmigo porque yo le ordenaba cosas, que no la quería. Que es una niña adolescente. Que debía acercarme más a ella.

No voy a justificarme ahora. De nada sirve. Son percepciones enfrentadas y nadie tendrá la razón finalmente, porque en las guerras domésticas la razón es la primera baja. Intenté decirle que yo era mucho menos afectuoso con la menor y que no recibía ese trato, como si la comparación pudiera probar algo. Quedamos en sobrellevarlo. Repartimos la torta. Conversamos un poco entre todos con esa cordialidad de armisticio que tienen las familias rotas cuando fingen normalidad. Al verlas bostezar —venían de la piscina, estaban casi exhaustas— les dije que fueran a descansar.

Entonces vine a escribir esto. Para voltear todo lo que tengo adentro, para justificarme quizás, o para reconocer el estado de la cuestión, o simplemente para purgar mi decepción con la realidad cruda de cómo me ve mi hija Zoe.

Y creo que estoy siendo injusto. Quererme igualar ante una niña que acaba de cumplir trece años. Ante una niña que ha vivido en los últimos años mi alejamiento como la única verdad que conoce. Creo que hasta me lo merezco. Pero pienso también que yo tengo una versión de las cosas, y que uno no sabe que mientras cree hacer algo bueno —incluida la renuncia a vivir mal en una relación que ya estaba muerta— puede también estar convirtiéndose en el villano para otros.

Y en eso me he convertido.

Me he convertido en el padre que no tiene voz para decir su versión. Que a pesar de escribir esto —que es solo para mis adentros— finalmente nunca se lo dirá a nadie, porque así debe ser. Ahora entiendo por qué los padres de esos escritores parricidas nunca dijeron nada. No perdonaron. Y así murieron. Algunos incluso hasta que el hecho de morir fuera un alivio para sus hijos.

Termino con la frase de Wilde, claro —cómo no—: «Los niños empiezan amando a sus padres; después los juzgan, y rara vez, si acaso, los perdonan». La misma frase que Bayly eligió como epígrafe para abrir su novela. Y que parece ser también para mí el epígrafe de mi relación con Zoe para los siguientes años.

Solo espero que la novela no sea tan cruel. Y voy a procurar que mi único pecado sea el de la ausencia, antes que el de cosas peores.

jueves, mayo 15, 2025

Montejo Islandia


Islandia

Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo,
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa).
¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Es este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos.
Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros.

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras.

 

miércoles, junio 10, 2020

sábado, marzo 14, 2020

El museo de las vírgenes

Encontrado en: https://letralia.com/texto/letra162.txt


=== El museo de las vírgenes      ===================

La capilla de velas quedaba al lado de la puerta principal de la iglesia. Al ingresar no se podían distinguir ni la fuente de agua bendita que anunciaba el cartel de afuera, ni la gente que había ingresado antes que nosotros; sólo se observaban, apenas, el lento parpadear de pequeñas luces entre las sombras. En el interior, sobre una columna central de piedra a modo de mesa larga, se congregaban varias familias de velas, ya febriles por su reciente alumbramiento, ya diluidas e inclinadas unas a otras, lamentando sin remedio el resto de cera derretida entre sus pies. Un hombre taciturno, con espátula en mano, iba recogiendo estos últimos restos hacia los recovecos de la gran piedra. Nosotros pusimos también unas cuantas pensando en cada uno. Rezando también para que duren lo suficiente en su corta vida antes que sean arrasadas.

Había hecho el viaje con mi familia a Copacabana, más por el interés de ver el museo de la virgen —un amigo ya me había hablado de él— que por el espíritu religioso que significaba viajar a estos recodos olvidados del lago Titicaca. Por lo demás, el pueblo no estaba tan mal, ofrecía hoteles de hasta cuatro estrellas; una playa muy fría pero playa al fin, envidiable para cualquier ciudad altiplánica. En el día previo a nuestro regreso, luego de distraernos por la tarde con bicicletas, motocicletas y botes, los dejé para dirigirme hacia la iglesia. Compré un solo boleto para entrar al museo pues ellos tenían planeado comer esos raros platos de truchas y ancas de rana en el hotel. Acordamos vernos en la misa de las siete.

La iglesia a esa hora estaba desierta, ni una figura negra entre sus bancos, sólo se escuchaba el eco temeroso de mis pasos ante las miradas petrificadas de las estatuas. Al lado izquierdo del altar se abría un espacio, al fondo, una puerta. Un curita que atendía en un escritorio, con un acento ibérico y algo sorprendido, me dijo que esperara a otras personas para ingresar a la pinacoteca. Se dirigió a continuación hacia una de las puertas del lugar para desaparecer, no sin antes decirme que tomara asiento en una banca medieval. En realidad, el lugar y el hermano de la tercera orden —traía el lazo franciscano— que se había marchado tan sigilosamente, me habían recordado la novela El nombre de la rosa y me sentí estar esperando apreciar, no la parte perdida de La retórica, desde luego, pero por lo menos una reliquia antigua de libro.

En esas especulaciones estaba, cuando el eclesiástico retornó acompañado por un viejo de vestimenta humilde: era el taciturno de la capilla de velas. El primero me dijo que no se habían vendido más entradas que la mía, que el guía oficial del museo no estaba, pero que Don Lázaro me acompañaría con gusto, pues también antes había sido ése su oficio. Acepté pensando en una excursión más personalizada, además, al día siguiente no se atendía y yo ya me iba de regreso a La Paz. Don Lázaro, asintiendo condescendientemente, recibió unas llaves del hermano y unas palabras de advertencia en voz baja antes de despedirse. Mientras nos dirigíamos hacia una puerta de varias llaves, el anciano —no me parecía al verlo de lejos— me explicó que los devotos en domingos preferían visitar los tesoros de la virgen por las mañanas pues por las tardes ya estaban de regreso a la ciudad. Me dijo también que se me había permitido la entrada porque de lo contrario la virgen se enojaba. Noté un cierto desdén cuando se refirió al guía que usualmente cumplía funciones allí. Según él, no comprendía las historias de los regalos a la virgen y adolecía de falta de fe hacia los objetos sagrados.

Quisiera poder explicar las cosas que vi aquel atardecer, y, más que las cosas en sí, la especie de presencia que había detrás de las cosas: miradas, tanto de las imágenes en los cuadros como de los cristos y vírgenes, que parecían disimular así como volvías los ojos hacia ellos, inicios de susurros que desaparecían apenas prestabas oído. Pero creo que no sabré hacerlo. Por esos pasillos, entre la penumbra de las luces y los fondos más oscuros de las sombras, empecé a sentir una angustia que nada parecía justificar. Lo primero que hizo fue subir la palanca de electricidad, sin embargo las luces eran tenues. Nuestras sombras y las sombras de columnas, imágenes y adornos empezaron a danzar por las paredes. A mí me faltaban ojos para mirar. Me enseñó el gran cristo tallado en una sola pieza de marfil, al lado del cofre donde se guardaban los mantos donados a la virgen (los había programados para cada tres meses hasta el año 2067). En el mismo centro de la sala había una muñeca rubia regalada por la embajada sueca, sus pies estaban clavados en el suelo con un clavo en mitad de cada pie. “Si no la clavo, se cae...”, me dijo, y me dijo que me hablaba desde tan cerca para que ella no pudiese oír, porque no sabía que estuviera clavada por los pies. A la derecha, en hilera, estaban aquellas imágenes de la virgen que habían sido esculpidas mediocremente pues no se parecían a la única hecha por Tito Yupanqui. Me dijo que sólo ella podía estar en el altar y no aquí, que sólo ella estrenaba los mantos y podía retener a las víboras que yacían debajo de ella. Mientras las que yo miraba tan sólo eran para que salgan a las procesiones en las fiestas de la patrona. La primera tenía un manto blanco, bordado de perlas grises y flequillos dorados. Se acercó a ella y le besó la punta del manto y me dijo que también yo tenía que besarla y me la presentó como la segunda más bella luego de la del altar. Me ofreció la mano de esta virgen, no tuve más remedio que tocarla: la tenía como si fuera de hielo. Entonces me mandó a ver las demás, me explicó que ellas ya estaban cansadas pues querían que se las cambie aquellos mantos viejos.

Me enseñó unos cuadros majestuosos al otro lado, en uno de ellos unos angelitos renacentistas volaban alrededor de un sol y por encima estaban las deidades supremas, el caso es que me pareció que los tres ángeles me miraban y que el del centro, el que en el dibujo llevaba las cintas de terciopelo, se sonreía un poco.

Pasamos a otro pasillo. Caminábamos uno al lado del otro. Entonces vi en un atril una gran Biblia abierta de la que salían acartonadas hileras de tela coloridas y sucias, estaba escrita en latín, también con letras de colores. Me dispuse a hojearla, no alcancé a ver bien una ilustración que mostraba dos figuras sobre nubes mirando un círculo de sol rodeado por ángeles (el paraíso). No lo vi bien porque Don Lázaro, que se había alejado, me llamó y me dijo que anduviera con cuidado de no hacer ruido. Estaba limpiando candelabros, los había de muchos tipos, me preguntó si quisiera ayudarle, pues a veces no lo hacía bien y entonces las vírgenes se ponían intranquilas. Le dije que no tenía inconveniente, pero que pensaba irme ya porque... Me puso la mano sobre la boca con tal fuerza y furia que hasta que la levantó tuve el alma en vilo. Mi cuerpo también experimentó algo inexplicable. Tenía los ojos desorbitados y respiraba fatigosamente. “Usted es un bendito”, murmuraba, “un bendito, pero no sabe lo que se dice...”. Se calmó enseguida y me dijo que odiaba a las mujeres, en especial a la que colocaba flores en los altares. Con una voz que no era humana dijo que las vírgenes no eran malas; sí, tal vez había unas cuantas que renegaban de algo, pero que se les pasaba. Yo sobre la espalda y en voz muy baja le dije: “Vámonos”. “Sí”, me contestó, “vámonos, mañana me espera mucho trabajo”.

Me pareció interminable esa hora y media. No sé si fue un sueño, pero guardo el recuerdo de unas sombras difíciles de identificar que cambiaban de sitio sin que nunca lograse ver cómo se movían, de ruidos insólitos, gemidos ahogados, como si las cosas, santos y vírgenes, se me acercasen con la boca llena de palabras reprimidas, mordiéndose la lengua para no decirlas. Luego de salir, no hicimos comentarios sino hasta que llegó el momento de despedirnos. En la misa, me acoplé a mi familia un poco turbado. Me persigné con la mayor reverencia que pude, como si estuviera agradecido de haber sido salvado de que mi cuerpo se amontone con otros como resto en paz.

Mientras permanecíamos en misa, hubo tormenta y había llovido. Los adoquines de las calles brillaban por doquier, al llegar al hotel tuvimos que sacudir nuestros zapatos llenos de barro. Y yo, en mi interior, me sentía extraño, como si algo se me hubiera roto.

 



sábado, octubre 12, 2019

sábado, abril 27, 2019

Mi desventura

Mi desventura


Lam                               FA
la flor hermosa de mi corazon
                 SOL    SOL7    DO
por que será mi sufrimiento
SOL7     
yo la quiero,
DO                    MI    LAm
suerte fatal mi tormento
SOL7 
yo la quiero.
DO                      MI    LAm
suerte fatal mi tormento



Lam                                FA
en la tristeza de mi soledad
                   SOL    SOL7    DO
no puedo hallar mi consuelo
SOL7   
cruel destino
DO                       MI    LAm
me hade llevar a la muerte
SOL7   
cruel destino
DO                        MI    LAm
me hade llevar a la muerte


   SOL7       DO   SOL7     DO
ya no quiero, sufrir tanto
 SOL7 
tanta fue mi desventura
DO                   MI    LAm
hayayay que me muero
 SOL7 
tanta fue mi desventura
DO                 MI    LAm 
hayayay que me muero



Lam              FA
lalararayraaaa
     SOL    SOL7    DO
lara raira lararara
SOL7 
larararaaa
DO                 MI    LAm
lararaaa
SOL7 
cruel destino
DO                      MI    LAm
me hade llevar a la muerte



--Esta cueca de Willy Alfaro con mucho cariño para cmf.

martes, diciembre 08, 2015

Sintético

La red se ha convertido tan necesaria para mí. Agradezco en verdad poder tener esta mañana, este inicio de día, una conexión tolerable de internet, un tiempo para hacer cosas, y electricidad. Creo que es como cuando niño, la necesidad oculta por estas máquinas ya se manifestaba, quería ir a jugar siempre más tiempo a la tienda de juegos de la plaza, pero no tenía dinero o permiso; una vez, cuando tuve todo el día y el dinero necesario, me aburrí de inmediato. Espero no aburrirme aquí un día de estos o sino e borrará una parte de mí. Me temo que escribo para eso.

lunes, mayo 06, 2013

mañana no aceptaré el destino

martes, diciembre 01, 2009

Este teclado es suave y benevolente, mis dedos caminan sobre hierbas, con un diario bajo el brazo y las letras van apareciendo. Sin embargo el hastío aún no se ha dejado escapar. Supongo que al bajar del bus también tendría esa intención Fernando Ducrot. A veces aparece de la nada, cuando todo es un caos, mirando un paisaje, cuando se imagina a sí mismo formando parte de nada en realidad, esperando contar a todo el mundo una alegría que nadie puede escucharla, porque viene de él que no es nadie. Sus manos han tocado fuera y como si se tratara de un castigo, no puede salir, por más que sea esperado, querido. Se limita a delinear, pensar, escribir las palabras que tendrá que decir un día.
--
Una noche pensé hacer unas cuantas cosas, trepar hacia la discoteca, y contarlo a todo el mundo, burlarme de las personas intocables como si yo hubiera sabido siempre y me hubiera bastado mirar su mejilla, o sus ojos en mi última visita —ni siquiera eso: su paciencia, su quietud— para no compartir la equivocación de los demás, para no ayudar con mi deseo, inconsciente, a la derrota y al agobio de la mujer que no los merecía; pensé después trepar hasta la discoteca y pasearme entre todos sin decir una palabra de la historia, teniendo la carta en las manos o en un bolsillo. Pensé en visitarla, llevarle un paquete de frutas y sentarme junto a la cama para que vea cómo se cansan los gestos de un hombre con una sonrisa amistosa, para suspirar en secreto, aliviado, cada vez que ella lo acariciaba con timidez en mi presencia.

Pero toda mi excitación era absurda, más digna de otro que estuviera más cerca. Porque, suponiendo que hubiera acertado al interpretar la carta, no importaba, en relación a lo esencial, el vínculo que me unía a ella. Era una mujer, en todo caso; del otro lado, y yo, Fernando Ducrot.

miércoles, octubre 14, 2009

¿Existen razones para dejar de escribir o simplemente se trata de una pose?

Antes de escribir lo que estoy escribiendo he borrado tanto. Cada cosa que digo, aunque la lea una sola persona, tiene alguna dosis fuerte y retenida, me temo. Pero iagual tengo que escribirlo.

Dicen que leer libros te hace hacer cosas, pero no sé si esta vez funcionó al revés. Leer libros de bartlebys te hacen no escribir. En este caso me he convencido que tratar de ser escritor es algo patético, los que escriben tienen un sentido del ego muy torcido. Digo esto y me apoyo en los bartlebys, pero luego luego pienso y digo que decir todo lo anterior es aún más patético y ridículo.

En realidad creo que debo regresar a leer mis viejitos libros, donde empecé con todo este martirio y gloriosa incursión de escribir. No hubiera pasado así si alguien no me rescatara a través de cartas.
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Me alejé tanto de la palabra como de ti, pero así como la palabra construye guiños y gestos que nunca nadie leerá, lo explícito y evidente cansa por su brutalidad. Gestos que se quedan debajo de la cama, debajo de las ropas. A pesar de las marcas en el cuerpo, a pesar de sufrir depresiones que pretenden borrar los tatuajes del alma, agitadas batallas por fútiles motivos; a pesar de todo eso, sigues ahí. Quisiera desgastarme en la rutina contigo. Saber que eres de verdad.

miércoles, julio 08, 2009

A unos cuantos días

He decidido no gobernarme, no perderme en la razón; tan solo sentir.
La nada que es todo, lo que me permite llegar a ti, sin entender por
qué. Te escuché un poco extrañada de mí, preocupada. Quisiera decirte
que ahora sólo soy el efecto de todo lo que haces, que me voy
convirtiendo en la excusa de tus caminos paralelos, de cuando no eres
tú. ¿Pero cómo ser alguien que no eres tú? Tendría también que dejar
de ser yo para escapar mi vida en la tuya, una complicada ecuación que
necesita de alguien sin razón para resolverla, quizás. Por eso talvez
piensas ponerle ése nombre. Si es así, me queda agradecerte en
palabras, en hechos será cuando las ciudades, el sol y el viento lo
quieran.

martes, mayo 26, 2009

que sea junio y garúe

Pasa el tiempo y uno aprende a no decir las cosas, va simplemente viviendo. Hay un punto en que los demás adivinan la tranquilidad, la paciencia, la parsimonía estúpida de la resignación. Una imitación de troglodita que ya no desdeña los afanes ajenos, ya no piensa, sólo deja pasar. Soportar ya no es una carga. Había unas flores en casa cuando niño, no podía verlas porque estaban sobre el alto lavadero, el aroma fresco invadía la pesada tarde de sol. Alguien había permitido que el agua corriera sin remedio. Me parecía injusto que luego de tocar las flores esas aguas se convirtieran en agua pasada.

domingo, mayo 17, 2009

Reclamo a mí

¿Por qué lo extraordinario por lo general no es posible?
¿Porque simplemente es extraordinario o porque me encargo de lo previsto?

Y yo deseo, deseo, lo imposible...

miércoles, abril 22, 2009

Generalmente creo que he encontrado a mi enemigo, y tengo una razón por la que vivir,
pero ese enemigo de mierda es tan cabrón que me engaña, me distrae y me hace pensar
que estoy peleando con él, pero de repente descubro que no es él.

¿Quién soy ahora?

Mañana tendré que inventarme uno o moriré, o ¿cómo se supone que debo vivir?

God, save me!

domingo, abril 05, 2009

asdg

Tengo la necesidad de escribir algo y eso me causa gracia, quizá sea una marca de mi interna intención de ser escritor, a la que renuncié por que creo que tengo que ser más viejo para decir cosas que valgan la pena. A la hora que me viene esta necesidad.

Y con esa intención, sin ningún apuro, con más confianza porque desconfío de ser “escritor”, me miro al ombligo y, en verdad, a pesar de todo, no hubiera querido que sea de otra manera. Supongo que así me recompensa el olvido cuando reviso unos archivos de mi disco duro que estaban algo empolvados.

Cada forma de organizar dichos archivos, los nombres otorgados, mis músicas y las de otras personas, todo eso, luego de este tiempo, parece un museo de antiguos terrores y amores. Me pregunto si debo alegrarme o entristecerme por haber salido de todo el pasado. Pues me veo y sigo vivo pero también muero un poco.

Es que uno se acostumbra a vivir incluso en un metro cuadrado, uno se conforma con poco e incluso con mucho. Es que algo debe estar mal en los mundos montados para cada quien. Lo sé porque hay mañanas en las que aterrizo a la realidad real todavía con lágrimas de los sueños en los que lloré. Es lo único que se puede transportar. Deben ser historias muy buenas, es una pena que se me vayan olvidando en el día (ya conseguí una libretita donde anotar).

Mis disculpas por estas reflexiones y divagaciones, son re aburridas y abstractas, así que, luego de leer mi anotación de lo que soñé anteayer, me pondré a escribir una historia. Una historia que no sé si pertenece más al sueño, a lo virtual, a lo real o a la ficción. Es que hay historias historias, curiosas, formas distintas de amar.

Dos puntos más que, como sabemos, eligen el laberinto y no la línea recta para encontrarse. Por mi parte miro siempre en la dirección donde estás, desde esta posición estás muy bien.

martes, marzo 03, 2009

Otro arte

Ahora soy un Fernando Ducrot menos Ducrot. Porque uno intenta tener dos existencias y esta vez no las tengo. Como dices, se tiene un pasado sinuoso; y como dice Auster, siempre la vida te marca con x, el ex casado, el ex amante, el ex de todo un poco. Finalmente, el pasado. La bifurcación del camino que pudo ser y que no fue, pero que sin embargo es. Como quieras. La marca sigue. Por eso mi retiro, por eso mi renuncia a Ducrot y todo lo demás para intentar encontrar otro sendero, para eludir los desastres. Supongo que uno no puede eludir internarse en los inconmensurables fondos de su ser. Queda dejarse caer, como una necesidad

Y mientras voy alimentando al sin huesos me voy cansando de la depresión del Ducrot, voy dejando su estilo, sin quererlo. Hasta creo que no tengo nada más qué decir aquí. Disculpa. Quiero hablarte de otras cosas.

Quiero hablarte de las montañas que no acaban, de las plantas que se apresuran para acariciar cuando se recorren sus caminos. De lo fácil que es acostumbrarse a ellas.

Quiero hablarte de pieles soleadas, de manos ásperas que no saben esto de escribir, de almas simples. De las ninfas que se acercan cuando prendes los focos, aquellas que antes eran para mí sólo insectos. De las horas que pasan naturales, sin mezquinos relojes que las aprisionen.

Ganas de ser un buen tipo y no el erizado de prejuicios que tiene que soportar este blog. Como que se me gastó la rabia y los deseos de venganza y muerte. Odio decirlo, pero se trata de eso que llaman paz.

Te voy a contar una historia –y es que me dio también por contar historias–. Un niño caminaba por la calle de la mano de su madre un domingo cualquiera. Siempre caminaban así. A pesar que hubiera mucha gente, ellos nunca se soltaban. La presión de la madre podía ser en esos momentos más fuerte y eso significaba para el niño un signo de cariño, él había aprendido a caminar así. No se imaginaba qué podría hacer solo en los grandes mercados sin poder levantar un poco los brazos y sostenerse aunque sea de uno de los dedos de su madre. Si a veces la madre lo soltaba, era para comprar o mirar algo, a veces un juguete para el niño. Mientras más crecía, al niño le gustaba jugar más con esto de desprenderse. Si se acercaba un basurero en la acera, él la soltaba y lo bordeaba para reencontrarse con la piel de mamá. Si venía un grupo de gente, aparentaba desaparecer para luego encontrarla. A veces él sólo veía venir a la madre y sin mirar arriba tomaba su mano.
Pero este soleado domingo a las tres de la tarde, el niño experimentaría una desaparición de verdad. Luego de una esquiva incursión por fuera de la acera en una atiborrada avenida, tomó las manos y siguió caminando. A pesar que las manos eran frías no parecía haber mayor diferencia. Casi arrastrándola señaló hacia unos juguetes, un tractor que la madre siempre postergaba con un “luego veremos”. Pero esta vez ella no respondió. El niño quiso insistir. No pudo porque cuando miró hacia arriba no era ella. Era una mujer desconocida que lo miraba sonriendo.

Dicen que el terror es cuando algo que conoces se vuelve extraño. Cuando descubrimos que un ser amado sostiene un cuchillo en la espalda. Cuando la madre que creías, ahora es otra. El niño soltó con violencia la mano de la ajena, miró a todos lados y no encontró el sombrero amarillo de mamá. Cruzó, furioso, las calles, corrió hacia la esquina donde la había dejado, miró otra vez entre la gente. Sentía que mientras más se esmeraba en buscarla, ella más lejos estaba. Lloraba y juraba a diosito, entre dientes, que si ella aparecía nunca más haría esas escapadas. Se quedó unos eternos segundos ahí y el milagro ocurrió. Nunca quiso poseer tanto a alguien, las manos no le bastaban.

El niño creció luchando con esta promesa pero no pudo con su espíritu desertor. Tampoco pudo convertirse en un ferviente cristiano. Aceptó con resignación que las personas desparecen y que a veces es mejor si se quiere aprender. Todavía cree que es posible reencontrarlas, cuando pasen los años o cuando se trate de otras vidas.
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Moraleja: Hay un arte para encontrar las cosas.
Evidencia: Esto se escribió antes del post sobre la Bishop, no tenía moraleja.

sábado, diciembre 20, 2008

Estaba viendo la capacidad que tiene el plagiador de soportar la presión social. Tenían que darse cuenta algún día, ahora me siento mejor. Alguien intenta tranquilizarme. "hasta Borges era un plagiador..." Dejaremos aquí todo, me gustan las personas que sonríen cuando alguien dice que es creativo. Es una larga discusión, claro, finalmente estas palabras ya las dijo alguien, en este orden, incluso esto: asojivniqubvjñsvda. Pero qué júbilo volver a escribirlas, que feliz incursión, la de repetirse. Hasta se necesita un poco de valentía para reconocerlo, un poco de eficacia, como decía Crispín.