sábado, febrero 14, 2026

Torta de cumpleaños

Hoy llevé una torta para mi hija y ella ni siquiera la miró.

Sabía que yo había llegado —que había viajado hasta el pueblo donde viven, como siempre, para ella, para su cumpleaños—, pero al parecer estaba cansada, y sé que su madre habrá insistido, como se insiste con los deberes que no se quieren cumplir: anda, que tu padre ha llegado, que ha traído cosas, que es tu cumpleaños. Y ella habrá cedido con ese desgano espeso de quien se somete a lo inevitable.

Yo siempre había decidido sobrellevarlo todo. Desestimar los quiebres, las actitudes esquivas, los silencios donde antes cabían palabras, las faltas de respuesta que uno aprende a leer como pequeñas condenas. Pero esta vez no pude.

Habíamos entrado a la cocina y yo debía repartir lo que traía: útiles escolares, ropa de regalo para todas las niñas, y entre todo aquello, ropa también para ella. Lo recibió con desgano. Con comentarios de desagrado que caían como piedras sobre una mesa que yo había querido tender con algo parecido al cariño. Entiendo que quizá la ropa no le gustara, que a los trece años el mundo entero es una ofensa mal diseñada. Pero yo no esperaba esas respuestas —no de cosas que significaban dinero, sí, pero también el afán de buscar, de elegir, de imaginar su rostro al verlas—. Cariño puesto, finalmente, en unas malditas prendas.

Fue entonces que le pregunté. Si le había molestado que trajera todo eso. Que la torta seguía en un rincón, intacta en su cajita de cartón, como un animal abandonado. Que si todo aquello le resultaba una molestia.

No respondió. Se quedó mirando fijo algún punto del aire, ese lugar al que huyen los hijos cuando no quieren vernos. Y su madre allí, en un silencio arrasador, cómplice involuntaria de algo que no tenía remedio.

Ya no pude. Con la voz entrecortada le dije que me disculpara si la había hecho venir, que yo iba a salir un momento a recoger unas encomiendas que había enviado aparte. Solo necesitaba irme. Sentía que me acercaba al precipicio y que un paso más iba a desplomarme frente a ellas, y eso no podía permitirlo.

Volví porque debía preguntarle a su madre dónde dejar las cosas. Y entonces ella —la madre, esa mediadora perpetua entre dos mundos que no logran tocarse— quiso obligarnos a abrazarnos. Nos forzó a mirarnos, a constatar que entre los dos se había cavado una distancia enorme, un abismo que ya no olía a abandono sino a algo peor: a costumbre. Le dijo a Zoe que me dijera algo. Y yo no pude decirle que no le dijera nada que no quisiera, pero me callé. Esperé lo que sabía que no iba a llegar: una mirada entusiasta, una sonrisa, un gesto mínimo de estima. Algo. Lo que fuera. Cualquier cosa que no fuese ese vacío.

Salí. Le dije a su madre que preparara algo, que iba a volver en un rato. Bajé a mi cuartito precario —ese lugar donde llego cuando las visito, que no es casa ni refugio sino apenas un paréntesis entre sus vidas y la mía— y lloré. Busqué el celular para distraerme y me vi reflejado en la pantalla negra antes de encenderlo: desdichado, dependiente, pobre de amor. Y mientras escribo esto me siento como aquel que tiene que renunciar al amor de una mujer que siempre ha querido a pesar de todo, sabiendo que no hay vuelta atrás, que ya no será lo mismo y que no podré ya ser el mismo con ella.

Me gustan los libros y a veces las cosas aparecen en internet como si alguien hubiera estado escuchando. Hoy fue distinto, fue algo más: mientras viajaba al pueblo donde ellas viven, estuve escuchando una entrevista de Jaime Bayly sobre su relación con su padre. Me dio curiosidad por ese poder suyo para articular palabras tan elocuentes —capaz de deshacer y enaltecer a su amigo Alan en segundos, con una cadencia que parece literatura hablada—. Busqué sus influencias y todas convergían en un mismo nombre: Mario Vargas Llosa. Y uno de sus monólogos de última época hablaba precisamente de la relación con su padre. Tristes episodios que marcaron su vida, su destino, su personalidad. Decía que simplemente no fue el padre que él habría querido, y que seguramente su padre pensaba lo mismo de él como hijo. Y que aquello era, en realidad, la fuente de toda su literatura: el demonio del que nacen las historias.

Todo aquello fue como una premonición. Precisamente en el día de cumpleaños de mi primogénita, como si el algoritmo supiera ya lo que me deparaba esta noche. Y era predecible —con esa crueldad simétrica que tienen las coincidencias— que la red me mostrara, en el momento exacto de mi huida, mientras intentaba recomponerme y no llorar más porque debía volver donde ellas, un video de Onetti donde decía que engendrar un hijo es un acto de homicidio retardado.

Pero le faltó decir que también es un acto retardado de condena. Contra uno mismo.

Intenté pensar en otras cosas. Cuando subí, juro que no pude conmigo. Llamé a su madre a conversar en privado y le dije que me sentía demasiado mal como para cantar un cumpleaños, que lo mejor sería que se fueran. Ella me dijo que habían hablado, que Zoe en realidad no quería estar conmigo porque yo le ordenaba cosas, que no la quería. Que es una niña adolescente. Que debía acercarme más a ella.

No voy a justificarme ahora. De nada sirve. Son percepciones enfrentadas y nadie tendrá la razón finalmente, porque en las guerras domésticas la razón es la primera baja. Intenté decirle que yo era mucho menos afectuoso con la menor y que no recibía ese trato, como si la comparación pudiera probar algo. Quedamos en sobrellevarlo. Repartimos la torta. Conversamos un poco entre todos con esa cordialidad de armisticio que tienen las familias rotas cuando fingen normalidad. Al verlas bostezar —venían de la piscina, estaban casi exhaustas— les dije que fueran a descansar.

Entonces vine a escribir esto. Para voltear todo lo que tengo adentro, para justificarme quizás, o para reconocer el estado de la cuestión, o simplemente para purgar mi decepción con la realidad cruda de cómo me ve mi hija Zoe.

Y creo que estoy siendo injusto. Quererme igualar ante una niña que acaba de cumplir trece años. Ante una niña que ha vivido en los últimos años mi alejamiento como la única verdad que conoce. Creo que hasta me lo merezco. Pero pienso también que yo tengo una versión de las cosas, y que uno no sabe que mientras cree hacer algo bueno —incluida la renuncia a vivir mal en una relación que ya estaba muerta— puede también estar convirtiéndose en el villano para otros.

Y en eso me he convertido.

Me he convertido en el padre que no tiene voz para decir su versión. Que a pesar de escribir esto —que es solo para mis adentros— finalmente nunca se lo dirá a nadie, porque así debe ser. Ahora entiendo por qué los padres de esos escritores parricidas nunca dijeron nada. No perdonaron. Y así murieron. Algunos incluso hasta que el hecho de morir fuera un alivio para sus hijos.

Termino con la frase de Wilde, claro —cómo no—: «Los niños empiezan amando a sus padres; después los juzgan, y rara vez, si acaso, los perdonan». La misma frase que Bayly eligió como epígrafe para abrir su novela. Y que parece ser también para mí el epígrafe de mi relación con Zoe para los siguientes años.

Solo espero que la novela no sea tan cruel. Y voy a procurar que mi único pecado sea el de la ausencia, antes que el de cosas peores.

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