Hoy llevé una torta para mi hija y ella no la miró, y sin embargo la llevé, y volvería a llevarla, y la compré pensando en ella como se piensa en las personas que amamos: con torpeza, con exceso, con esa fe absurda de que un objeto puede decir lo que la boca no sabe.
Viajé al pueblo donde viven. Digo donde viven y no donde vivimos porque hace tiempo que esas conjugaciones se separaron, pero el camino sigue siendo el mismo, y yo sigo haciéndolo, y hay algo en eso que no es derrota sino terquedad, y la terquedad es la forma más honesta del amor cuando todo lo demás ha fallado.
Sabía que su madre habría insistido para que bajara. Puedo imaginarlo: las palabras suaves, el empujón cariñoso, la negociación breve con una adolescente cansada que no quería ver a su padre. Y ella vino. Vino con desgano, vino con sueño, vino arrastrando los pies probablemente, pero vino. Y yo elijo quedarme con eso. Vino.
Entramos a la cocina y yo traía el mundo entre las manos. Útiles escolares, ropa de regalo para todas las niñas, y entre todo aquello ropa para ella, prendas que elegí solo, en una tienda cualquiera, con esa ilusión ridícula y magnífica de los padres que compran cosas para sus hijos imaginando la sonrisa que tal vez no llegará. Porque comprar para un hijo es siempre un acto de fe. Se compra a ciegas, se compra con el corazón adelantado, se compra pensando en alguien que ya no es quien uno recuerda sino alguien nuevo, alguien que crece mientras uno no está mirando, y por eso siempre se compra mal, y por eso siempre se compra igual.
Ella recibió las cosas con desgano. Con comentarios que dolieron, sí, porque el desagrado de un hijo es la forma más afilada del dolor. Pero escucho ahora esos comentarios y pienso: tenía trece años, venía de la piscina, estaba exhausta, y su padre —ese hombre que aparece y desaparece como las estaciones— le estaba pidiendo sin decirlo que celebrara su llegada, que agradeciera cada prenda, que leyera en cada objeto el cariño cifrado que él no sabe decir de otra manera. Le estaba pidiendo demasiado. Le estaba pidiendo que fuera adulta en su propio cumpleaños.
Le pregunté si le molestaba todo aquello. La torta seguía en su rincón, en su cajita de cartón, y a mí me pareció en ese momento la imagen más triste del mundo, pero ahora, mientras escribo, la veo de otro modo: la torta estaba esperando. Como yo. Como las cosas que uno deja y que siguen ahí hasta que alguien las necesita.
No me respondió. Se quedó mirando un punto en el aire con esa lejanía de los trece años que no es crueldad sino construcción: una niña levantando las paredes de su propio mundo, un mundo donde el padre todavía no tiene lugar asignado, un mundo en obras, un mundo que aún no ha terminado de hacerse. Y su madre en un silencio que lo llenaba todo.
Salí con la voz rota. Le dije que me disculpara, que mejor iba a recoger unas encomiendas, que necesitaba aire, que volvería. Y bajé a mi cuartito precario y lloré. Me vi en la pantalla negra del celular antes de encenderlo y vi a un hombre triste, sí, pero también vi a un hombre que había viajado, que había comprado, que había subido las escaleras con una torta entre las manos, que estaba ahí. Vi a un hombre que seguía intentándolo.
Porque se puede llorar y seguir siendo padre. Se puede bajar a un cuarto miserable y sentirse desdichado y dependiente y pobre de amor y sin embargo subir otra vez, lavarse la cara, volver donde están ellas. Y eso hice.
Mientras viajaba al pueblo estuve escuchando a Jaime Bayly hablar de su padre, y busqué sus influencias, y todas me llevaron a Vargas Llosa, y Vargas Llosa hablaba de su propio padre con una tristeza que reconocí al instante, como se reconoce una melodía que uno ha tarareado sin saber que la sabía. Decía que no fue el padre que habría querido, y que seguramente su padre pensaba lo mismo de él como hijo. Y que de esa herida nació toda su literatura.
Y pensé: de las heridas nacen cosas. No solo literatura. También nacen llamadas que uno hace, viajes a pueblos donde ya no vive, tortas compradas con fe ciega, ropa elegida con las manos de un hombre que no sabe la talla exacta de su hija pero que sabe, con una certeza que no necesita confirmación, que la quiere.
Y la red me mostró después, como si estuviera escuchando, a Onetti diciendo que engendrar un hijo es un acto de homicidio retardado. Y puede ser. Pero también es un acto de creación retardada. Porque un hijo sigue haciéndose, sigue naciendo, cada vez que el padre vuelve a buscarlo. Cada vez que sube las escaleras con algo entre las manos.
Volví. Llamé a su madre y le dije que me sentía mal, que no podía cantar un cumpleaños. Ella me dijo que Zoe no quería estar conmigo porque le ordenaba cosas, porque no la quería. Y me dolió como duelen las verdades a medias: con la fuerza de lo que tienen de cierto y con la injusticia de lo que omiten. Porque yo sé que ordeno cosas, y sé que a veces mi amor se disfraza de instrucciones, y sé que una niña de trece años no puede distinguir entre un padre que exige y un padre que teme, y que ambos se parecen demasiado.
No voy a justificarme. Pero tampoco voy a condenarme. Son versiones, percepciones, dos orillas del mismo río que algún día, con suerte y con paciencia, volverán a acercarse.
Repartimos la torta. La cortamos juntos, o al menos en la misma cocina, que por ahora es suficiente. Conversamos un poco. Al verlas bostezar les dije que fueran a descansar, y en ese gesto —dejarlas ir, no retenerlas, permitir que el encuentro termine sin forzar nada más— creo que hice lo mejor que podía hacer esta noche.
Wilde dijo que los niños empiezan amando a sus padres, después los juzgan, y rara vez los perdonan. Bayly puso esa frase como epígrafe de su novela. Y puede ser que sea también el epígrafe de mi relación con Zoe para los próximos años.
Pero Wilde no dijo nunca. Dijo rara vez. Y en ese rara vez cabe una esperanza entera, cabe un padre que sigue viajando, que sigue comprando ropa equivocada, que sigue subiendo escaleras con tortas que nadie pidió. En ese rara vez quepo yo. Y voy a habitar esa grieta con todo lo que tengo, que no es mucho, pero es lo que soy: un hombre que viaja a un pueblo, que llora en un cuarto, que se lava la cara, que sube.
Que vuelve siempre.
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